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¿Hay que tenerle miedo al Diablo?


Desde que estamos pequeños nos han dicho que los demonios son seres que habitan en las tinieblas y nos quieren atormentar por portarnos mal, nuestros padres nos asustaban con la idea de que en la oscuridad estaría satanás y sus secuaces listos para asustarnos. 

Desde entonces todos hemos experimentado ese miedo indescriptible a la oscuridad, a la soledad, y seguramente lo has sentido cuando estas a media noche viendo videos creppypastas en YouTube, o después de ver una película de terror. 


La idea de los espíritus malignos se ha metido tanto en nuestra mente que hasta al más escéptico de los escépticos y al más agnóstico de los agnósticos les ha dado aquella sensación desagradable en situaciones que hemos descrito.

Pero, ¿Debemos de tenerle ese miedo a Satanás y a sus demonios? ¿En realidad pueden hacernos daño?


En realidad no, no deberíamos, para aclarártelo empezaremos por leer Santiago 4:7: 

“Sométanse, pues, a Dios; resistan al Diablo, y él huirá de ustedes”. 

Cuando leí esto por primera vez fue un momento de completa revolución en mi mente, ¡satanás huye de nosotros! Saber esto me liberó de tantos temores de la infancia, traumas que había acarreado hasta la adultez. Satanás huye de ti, te tiene miedo. 

Y mientras más leía al respecto más libre me sentía, y es que si Dios está conmigo, ¿Quién estará contra mí? (Romanos 8:31) 

Desde entonces disfruto con tanta calma las películas de terror, sabiendo que no puedo temer mal alguno pues su vara y su cayado me dan confianza (Salmo 23:4). 

Entonces, ¿El diablo no es poderoso?

Sin embargo, con esto no quiero que pienses que el Diablo no tiene poder alguno, pero, aunque Satanás es poderoso, no es ni comparado al poder de Jesucristo. 

Muchas personas creen que Satanás es un ente tan poderoso como Dios, le piensan como su némesis, su antagonista, con el que lucha a la tercia en una batalla cósmica sin fin. Nada más alejado de la verdad.

Veamos lo que dice el catecismo de la Iglesia al respecto:

«El poder de Satán no es infinito. No es más que una criatura, poderosa por el hecho de ser espíritu puro, pero siempre criatura: no puede impedir la edificación del Reino de Dios» (CIC, 395). 
Su acción, además de ser limitada, «es permitida por la divina providencia que con fuerza y dulzura dirige la historia del hombre y del mundo. El que Dios permita la actividad diabólica es un gran misterio, pero «nosotros sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rm 8:28)» (CIC, 395)
En pocas palabras, Satanás no tiene más poder del que Dios mismo le permite, él no puede  obligarnos a hacer nada que no queramos. Si nos mantenemos firmes en la fe, él nos dejará en paz (1 Pedro 5:9). 

¿Qué poderes tiene el diablo sobre nosotros?

Más que todo el del engaño; es mentiroso, «padre de la mentira» (Jn 8:44). Puede engañar, inducir al error, ilusionar. Como Jesús es la Verdad (cfr. Jn 8:44), así el diablo es el mentiroso por excelencia. 

Su intención es que nosotros neguemos a Dios y rechacemos su reino, así como él lo hizo. Pero, si nosotros nos mantenemos adheridos al reino de Dios, podemos triunfar ante Satanás.

«La tentación en el desierto muestra a Jesús, humilde Mesías que triunfa de Satanás mediante su total adhesión al designio de salvación querido por el Padre» (Catecismo de la Iglesia, # 566).

¿Qué debo hacer para ya no tenerles miedo a los demonios?


Primero que nada llevar una genuina vida de Fe, caracterizada por un confiado abandono en el amor paterno y providente de Dios (cfr. Lc 12:22-31), y de obediencia a su voluntad (cfr. Mt 6:10), imitando a Cristo Señor. Esta es la protección más segura. 

La más bella victoria sobre el influjo de Satanás es la continua conversión de nuestra vida, que tiene una propia actuación especial y continua en el Sacramento de la Reconciliación, mediante el cual Dios nos libera de los pecados cometidos después de nuestro bautismo, nos dona nuevamente Su amistad, y nos confirma con su gracia para resistir a los ataques del Maligno.

Luchando contra sus seducciones y tentaciones. «A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo.» (Concilio Vaticano ii, Gaudium et Spes, n. 37, 2).

Orando. «Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará contra nosotros?» (Rm 8, 31). El mismo Señor, en la oración del Padre nuestro, nos ha enseñado a pedir a Dios Padre: «Líbranos del mal». 

«Al pedir ser liberados del Maligno, oramos igualmente para ser liberados de todos los males, presentes, pasados y futuros de los que él es autor o instigador. En esta última petición, la Iglesia presenta al Padre todas las desdichas del mundo. Con la liberación de todos los males que abruman a la humanidad, implora el don precioso de la paz y la gracia de la espera perseverante en el retorno de Cristo. Orando así, anticipa en la humildad de la fe la recapitulación de todos y de todo en Aquél que «tiene las llaves de la Muerte y del Hades» (Ap 1:18), «el Dueño de todo, Aquél que es, que era y que ha de venir» (Ap 1:8; cf. Ap 1: 4)» (CIC, 2854).

Y por último, recordar lo que  San Agustín nos dice:

“La muerte de Cristo y Su resurrección han encadenado al demonio. Todo aquél que es mordido por un perro encadenado, no puede culpar a nadie más sino a sí mismo por haberse acercado a él.” -San Agustín.

Al fin de esta lectura, ¿todavía le tienes miedo a Satanás? Ve al sacramento de la reconciliación y luego de ello comulga, Jesús mismo irá contigo.

Comparte con tus amigos y déjanos un comentario sobre este tema.

Paz y bien.




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